La senda del ángel

Escribió Raúl las últimas anotaciones en su agenda luego de un arduo día.   Respiró hondamente, miró hacia el cielo, notó entonces que la lluvia se aproximaba, cerró su agenda y la puso en su bolso.

Imagen tomada de la web

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La lluvia empezó a caer rápidamente, como queriendo arrancar de un tajo las tristezas colgadas en la nada aparente, arropando con una capa oscura al cielo. Raúl se diluía, abrazado por la bruma, empezó a caminar dejándose llevar. En su andar, trataba de destruir recuerdos inquisidores de su memoria, pero, resultaba imposible solo sacudir la cabeza y adoptar amnesia, los dolores seguían tejiendo una camisa entre sus carnes.

Él, se detuvo repentinamente, en medio del aguacero que estremecía al cielo, se detuvo, apartando las gotas de su cara, miró al fondo de la calle, en un bramido, propio de los mismos dioses que iluminó todo el lugar, Raúl, alcanzó a ver a un hombre que, aparentemente lo seguía desde momentos antes.

Se dio cuenta entonces, que aquel hombre era una realidad, y no producto de su imaginación o su paranoia.

Perdón, ¿quién es usted?, ¿de dónde lo conozco, por qué me sigue? –Preguntó Raúl, desde su fastidiosa tristeza-.

No temas hijo, yo, como tú, trato de avanzar en medio de la lluvia. –Decía el hombre, mientras se acercaba-. Tenía sus manos al frente, abiertas, queriendo mostrar que no llevaba nada, que pudiera hacerle daño.

Raúl, sintió un poco de tranquilidad, sin que la desconfianza lo abandonara.

Déjame caminar a tu lado, así nos hacemos compañía. Raúl, lo miró desconfiado, se arropó con su chaqueta y continuó su recorrido.

El hombre insistía en hablarle, Raúl solo asentía y caminaba. El silencio los acompañó por algunos segundos, tal vez aquel hombre, de quién Raúl, aún no conocía su nombre, se había cansado de ser ignorado.

La lluvia cesaba, solo gotas finas, caían pausadamente. Raúl, se detuvo repentinamente, sintió una paz inmensa que lo embargaba, parecía que la tristeza hubiera sido lavada con la lluvia.   Sintió, la mano de aquel hombre, sobre su hombro. Raúl, pensó que había sido, demasiado egoísta con aquel señor.

Perdóneme, parece que pronto dejará de llover, y estoy muy cansado –comentó Raúl-.

Tranquilo hijo, mi casa está, muy cerquita, solo a una cuadra, podrías llegar allí, te tomas algo caliente, conversamos y descansas un poco.  Raúl aceptó la invitación. Prontamente llegaron a la pequeña casa, empapados por la lluvia, el hombre le prestó unas sábanas para abrigarse del frio. Raúl, se despojó de sus ropas húmedas, la colgó cerca a la ventana, mientras lo hacía, se dio cuenta que la lluvia había terminado, el cielo se veía despejado, y la luna iluminaba copiosamente las calle.

Raúl, ven, tómate este café –asintió el señor-.

Disculpe, no se su nombre, no recuerdo que usted me lo haya mencionado. –Dijo Raúl-.

Mi nombre es Abraham. Tu amigo, para servirte siempre.

Raúl, agachó la cabeza, sintió vergüenza de su comportamiento bajo la lluvia, con este hombre, que ahora le ofrecía posada y buen trato.  Viejo… disculpa mi actitud de hace un rato, confieso que sentí desconfianza de usted, creí que me seguía o me iba a hacer daño. –Dijo Raúl-.

Y no te equivocas hijo, te seguí, vi tu desesperación, te seguí pero no para hacerte daño…

Calla buen hombre –interrumpió Raúl a Abraham-.

Te contaré mi historia.  Raúl, con apariencia de bebé recién bañado, cabellos húmedos y envueltos en un cúmulo de sábanas, tomó asiento, y pidió permiso a Abraham, para disponer de un cigarrillo que estaba en una mesa contigua, el hombre asintió con la cabeza, y ofreció a Raúl un fósforo.

Raúl, exhaló los primeros humos, miró fijamente el cigarrillo y dijo:

He llevado sobre mis hombros, estos últimos meses un infierno a cuestas, probando de cerca la miseria del hombre por el hombre. He atendido casos aberrantes, de personas, que según mi opinión, no merecen la mínima consideración de nadie. Aun así, he utilizado mis palabras, mis estrategias, mis habilidades profesionales como abogado para defender sus intereses. Mis amigos comentan, que todo es producto del stress, que no estoy manejando las cosas con profesionalismo.

No sé en qué momento murió el Raúl, soñador e idealista que comenzó sus estudios de Derecho. Siento que mi esencia murió, como hoy lo hizo mi madre. Yo, era la única persona con la que ella contaba, en sus últimos momentos, y ¿qué hice?, dejarla a un lado. Es un cargo de conciencia que tendré por siempre. Hoy, gané un caso importante, un hombre era acusado de asesinar a su pareja, de una forma casi perfecta, que logró no dejar rastros evidentes que lo comprometieran, en confesión, ese hombre admitió ante mí su culpabilidad, aun así, hice todas las peripecias posibles para ganar el caso.

Al recibir la noticia del caso, y al tiempo, la muerte de mi madre, fue como un poderoso veneno que recorrió mi cuerpo, me hizo ver la escoria de persona, en la que me he convertido. He muerto… podemos morir y volver a la vida de muchas formas, depende cual sea nuestro concepto de vida.

Señor Abraham, no sé si aún soy merecedor, de este café, de este cigarrillo y de su compañía esta noche.

Abraham se levantó, con calma, sin dejar escapar palabra alguna, su cara se había transformado en amargura, tomó su sombrero, un gabán colgado en una esquina, mientras se ponía pausadamente el gabán, Raúl sentía que su cuello se desprendía, sentía el aíre que se acortaba. Abraham, se puso delante de la silla de Raúl, y le dijo: Si te mereces el cigarrillo, el café y el estar aquí esta noche.  Raúl, reconoció al hombre, que lo había acompañado, durante la más extensa tormenta de su vida.

Por:  MARjorie

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