A través de los cristales

Sus ojos se veían vacíos a través de la ventana del automóvil, era un agosto de fuertes lluvias en la frías y solitarias calles de la ciudad, no se veían un alma, solo una mujer que salía de su automóvil, ella de nombre Racquel y él Amador.

Racquel acababa de despedir a su amor platónico de muchos años, él se iba de viaje a otro país.  Racquel sintió que era un regalo del cielo que él se fuera para que la amistad se decantara del tormentoso amor que la aprisionaba en silencio, un regalo que tomaba con nostalgia pero con felicidad hacía él.

Ese día salió de su auto corriendo hacia una oficina para recoger unos documentos, por unos minutos se cobijó en la entrada del edificio y de allí observaba la tranquilidad de esos ojos que la tenían cautivada, Amador muy seguramente sufría alguna pena, pero algo en sus ojos le transmitían tranquilidad. 

!Quién lo creyera!, Amador que pensaba que no existía un alma en aquella fría calle y allí estaba Racquel.  La secretaria del edificio la atendió con amabilidad y le entregó los documentos que minutos antes le habían dejado en la recepción, ella los metió en su bolso, abrió su paraguas y se metió en su auto.

Amador alzó la mirada y se encontró con la de Racquel, entre los cristales los ojos hablaban, él sonrió casi de inmediato y ella se sonrojó… fueron momentos únicos de dos almas que estaban poseídas por la nostalgía, aquella lluvia lavó los parajes, las hojas de los árboles temblaban, lavó los corazones de Racquel y Amador, él bajó de su auto con la lluvia que mordisqueaba su cuerpo, cruzó la calle y tocó el cristal del auto de Racquel.

Ella bajó la ventanilla y él preguntó:

– Hola, Soy Amador ¿te quieres tomar un café conmigo?.

Ella le dijo si, emocionada, como si lo hubiera conocido de años o el destino como mar de olas serenas se lo hubiera traído.

Ella dijo si, ella sonrió y salió del auto.

En medio de la lluvia cruzaron la calle para entrar al café del Boulevard, mientras sonreían y conversaban.

 

Por:

 

MARjorie Sánchez

El Ángel de Juliana

Eran las cuatro de la tarde, Juliana Esparta miraba el reloj, peleaba con su cabello y lo recogía a un lado sosteniéndolo con su cuello, lo acomodaba y lo acomodaba pero la brisa lo hacía rebelde y lo ponía nuevamente sobre su rostro.   Juliana caía en el desespero y el cabello era solo un pretexto de ella para enojarse con el universo, la razón real de su enojo era Esteban, el hombre que se había convertido en un ángel en su vida, un ángel caído del cielo en los últimos meses.

Cuando se conocieron Juliana atendía las mesas de un restaurante de la ciudad, estudiaba por las noches en un centro de educación intermedia, quería graduarse como Administradora Técnica y hacer algún negocio que le fuera rentable para vivir, viajar era su sueño más oculto.

Desde el primer día que la vio Esteban se estremeció, sintió una conexión, algo que le decía que algo ocurriría entre ambos, él se jactaba de predecir el futuro, tenía el dicho de “donde pongo el ojo, pongo la bala”, cuando se refería a mujeres, y había puesto el ojo en Juliana Esparta.  Ese medio día tomó un almuerzo corriente, mientras miraba sin reparo el cabello enroscado y largo de Juliana, su cintura, sus piernas torneadas y firmes, y su nalgas bien formadas y redondas que sobresalían de su falda, suspiró y se limitó a pedir el almuerzo.  Al terminar se las dio de hombre serio a fin de no ahuyentar e irse por los lados para conocer a Juliana, le dio una tarjeta de su agencia de viajes, dándole la explicación de que la atención le había parecido fascinante y deseaba contar con ella como parte de su nómina de empleados sin que ella se sintiera presionada.

– Excelente la atención en este sitio, me has parecido una joven especial, te veo como la recepcionista o tal vez en otro cargo dentro de mi empresa.  Disculpeme señorita… ¿cómo es  su nombre?.

– Juliana, señor.

– Juliana, tome mi tarjeta y no dude en llamarme si algún día decide dejar de trabajar en este lugar.

Juliana con la tarjeta en la mano, veía como ese hombre tal vez de unos cuarenta años, cabello negro, piel morena, se montaba en un lujoso auto.  ¿Qué hacía un señor al parecer tan importante, en un sitio tan sencillo como este?, se preguntó.

Toda la noche se dio vueltas en su cama, abrazó la confidente almohada varias veces buscando una respuesta, llamaría al señor Esteban al amanecer esta sería la oportunidad de darle un viro a su vida.

A la mañana siguiente, esperando que fueran por lo menos las ocho de la mañana, llamó a  Esteban.

– Señor Esteban, es Juliana, nos conocimos ayer en el restaurante.

Esteban se sorprendió pero al mismo tiempo se alegró de la llamada, la esperaba con ansias, tampoco había podido dormir deseando a Juliana entre sus brazos.

– Si… a ver,claro, Juliana, la chica del restaurante !, ahora te recuerdo.  Cuéntame, que has pensado mujer.

– Tomaré el puesto de trabajo en su empresa, ¿me dice que es una agencia de viajes?, bueno así dice su tarjeta.

– Si claro, te espero al medio día en la dirección que está allí en la tarjeta.

Juliana se puso su mejor vestido, digno de una recepcionista sería e inteligente, llegó con una falda ajustada a la rodilla, una camisa de seda roja ajustada al cuerpo, su cabello enroscado brillante al aire, tan casual, tan hermosa.   Si Estaban en el restaurante había quedado fascinado con Juliana, cuando la vio al medio día no pudo disimular el nerviosismo que esta le causaba, tanto, que se sorprendió de si mismo.

Ella sentada frente a él, él solo la miraba tratando de enhebrar alguna pregunta para hacerle a Juliana.

– ¿Quieres ser mi asistente personal?.

– Ella dijo, si, pero…. realmente usted parece un hombre de negocios importantes y yo aún no termino mis estudios técnicos.

– Eso es lo de menos, quiero que estés siempre conmigo, es decir, atendiendo mis asuntos, no se me da muy bien eso del orden.

Juliana asintió las ordenes de Esteban y en poco tiempo, ya estaba trabajando a su lado en la compañía, cada día la joven enamoraba más, al mejor conocido hábil casanova Esteban Jaramillo.

Él la cortejaba cada día de una forma muy sutil ganándose su confianza y aprecio.

Con el paso del tiempo, la confianza se hizo fuerte, entonces, él al invitó a quedarse en la noche para conversar temas de un negocio, ella aceptó sin titubear.

Ese tarde se quedaron a solas en la oficina de Esteban, él le habló de negocios, como el que atiende una obra de teatro, detrás del telón había otra escenografía, aparecería otra historia, los personajes cambiarían a otros papeles.

Juliana sin duda aceptó algunos tragos que le ofreció Esteban, este aprovechó un poco tomado también, la condición de Juliana y le declaró todo su deseo, ella le correspondió sin mediar palabra, tal vez lo quería y lo quería desde hace tiempo…..  La tumbó él entonces sobre el tapizado de la oficina y allí rasgó sus vestido y agarró con firmeza aquellas piernas torneadas que lo traían loco, hasta alcanzar el inicio de sus nalgas, las apretó con sus manos grandes y fuertes, quitó su ropa con deseo y con amor, él la deseaba pero también la quería, la quería para él, para él y con él por siempre, tanto para hacerla su esposa, esa noche Esteban Jaramillo y Juliana Esparta consumaron cada uno sus deseos, ella no estaba tan sobria pero tampoco tan ajena de la realidad y disfrutó cada una de las caricias y embestidas de Esteban.

La madrugada entró, Esteban vestido de espaldas a ella, frente al grande ventanal de vidrio que ocupaba su oficina, miraba la madrugada caer, ella recostada sobre el sofá de la oficina aún a medio vestir.

– Cásate conmigo mujer. dijo Esteban.  Te amo, te amo desde el primer día que te cruzaste en mi camino.

Juliana lloraba en silencio, a contra luz en la oficina, sus lágrimas rodaban y caían en silencio, no hacían ruido eran cómplices de Juliana y no llegaban a los oídos de Esteban.

Ella lo quería, así lo había sentido mientras hacían el amor, pero no tanto para aceptar casarse, él tenía todo más claro que ella.

Ella no dio respuesta inmediata, pero con un beso tierno y suave, como el que nunca había conocido Esteban, ella se despidió esa mañana y regresó a su casa, prometiendo a él que le daría una respuesta y haciéndole prometer a él, que no la llamaría  mientras ella lo pensaba, todo había pasado tan rápido para ella.

Él, un hombre de palabra, la cumplió aún en contra de su propio sentir.

Juliana Esparta no llamó a Esteban, con los ahorros que llevaba reunidos se cambió de ciudad, nadie volvió a tener noticias de ella, Esteban amargado lloraba en silencio, la ausencia de Juliana, su olvido y su desamor, juró más nunca enamorarse, lo juró y así lo cumpliría como cumplió no llamarla en la última noche que la vio.

Pasaron varios meses, varios meses cada quien llevó un amargo y pesado dolor en su vida, Juliana pensó y sintió que sería apropiado llamar a Esteban, a pesar de tanto tiempo necesitaba él una respuesta y ella tenía deseo de verlo.

– Esteban, soy Juliana.

Del otro lado un silencio, Esteban sintió un aire en su vida y en su corazón.

– ¿Cómo estas July?, te cumplí mujer.

– Lo sé Esteban, lo se mi amor, quiero verte, te envié por mensaje mi dirección, necesito verte.

Ese día Juliana se encontraría con Esteban, él como siempre decidido iría al encuentro con ella a las cuatro de la tarde, esas que se hacían eternas para Juliana.

Piensa, Piensa

Antes de irse a dormir Amanda miró el reloj y se dio cuenta que había pasado la media noche, ya hacía varias semanas le pasaba lo mismo no podía dormirse más temprano como siempre estaba acostumbrada a hacerlo, no sabía por qué la razón de su desvelo, solo dormía cuando a su cuerpo le daba la gana de hacerlo.

En sus sueños estaba Horacio, un hombre que le doblaba la edad pero que a ella le fascinaba, era su profesor de danza, un adonis de ojos verdes y cabello castaño, aparentaba menos edad, cada vez que hacían alguna práctica y él la acercaba hacia su cuerpo ella se estremecía, tal vez él sentía ese estremecimiento porque penetraba sus ojos con la fiereza de querer poseerla en ese instante.   

Amanda abrazaba a su almohada sintiendo que abrazaba el cuerpo de Horacio en un baile estrecho y nocturno donde solo participaban ellos, el deseo y el amor. 

Amaneció con la boca húmeda, se despertó justo cuando Horacio le daba un beso profundo, entonces se dio cuenta que había regresado a la realidad y se sintió frustrada, debía sacar a ese hombre de su mente o debía buscar un acercamiento pronto con él haciendo que esos sueños o esos deseos aterrizaran a una realidad que le excitaba.

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Luego de una extenuante jornada académica, Amanda se despidió de los chicos de la universidad y se dirigió a su clase de danza como de costumbre, tenía en mente abrirle a Horacio su corazón sin importar cual fuera la respuesta de aquel hombre.

Llegó antes de la hora acostumbrada, alli estaba él con su cabello alborotado, vestido de negro, sentado en la mitad de la pista, le sonrió cuando la vio entrar haciendo un gesto de extrañeza con su mirada ya que no era costumbre que ella llegara temprano. 

Amanda se dirigió al baño y se puso su ropa de entrenamiento, una ropa de licra que le dejaba ver su hermosa figura, amarró su cabellera negra en una sola cola y salió a la pista, alli estaba él de espalda cerca al equipo de audio buscando alguna música adecuada para la clase, ella le acarició la mano que estaba sobre el botón de volumen y lo subió, él se quedó fijo en su mirada con la boca entreabierta, ella se le acercó y le cerró la boca con un suave beso, él no puso resistencia, solo la abrazó y acarició su cuerpo al ritmo de la canción Think de Aretha Franklin, ella se sintió segura y valiente para enfrentarse tal vez al rechazo de Horacio, pero no sucedió, él le correspondió feroz, desesperado por aquello que le brindaba Amanda, él quedó seducido, la cargó entre sus brazos y la llevó hacia el vestier de mujeres, allí la recostó sobre la pared y la hizo suya tal como ella lo quería, tal como los dos lo querían.   Ella quedó exhausta, él miró su reloj y miró los ojos de Amanda,  le dió un beso profundo como el del sueño y se volvió a hundir en ella hasta que sació todas sus ganas.   Sudoroso, se puso su ropa de entrenamiento y regresó a la sala, salió a la calle sin decir palabra a Amanda y se fumó un cigarillo, pronto fueron llegando los alumnos a la clase, él estaba listo para una nueva jornada, Amanda también lo estaba.

Desde ese día pudo conciliar su sueño tranquilamente, sus clases terminaron, y ella aún sonríe cuando escucha “Think” de Aretha Franklin.

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MARjorie.

Regresaré en Marzo

Virginia miraba atenta por la ventana, la lluvia serena y cansada acompañaba la noche.  El hotel se encontraba vacío y con poca clientela, nadie nuevo, el día se había mantenido tranquilo.

Teodoro, su jefe, un señor de cincuenta años, atractivo y de mal carácter puso el grito en el cielo cuando la vio recostada en el sofá de la antesala, con lo brazos cruzados viendo  la lluvia. Él, de pie y con los brazos también cruzados se quedó impávido detrás de ella y dijo:

— Muy bonito señorita ¿no gusta que la acompañe?, aquí se viene es a trabajar no a dejar la recepción sola porque a usted se le dio la gana hoy de ponerse nostálgica, no señorita, eso hágalo en su casa, aquí debe estar atenta a su puesto de trabajo.  Dijo Teodoro con firmeza e ironía.

Ella retomó su puesto con molestia, sin disculparse de su jefe, empuñó su cara mientras sonaba sus largas uñas sobre el mostrador de la recepción.

Él se retiró mientras ella pensaba en lo odioso que era ese hombre, no entendía por qué no podía decir lo mismo con un poco  de amabilidad.    Aunque reconocía  que había cometido una falta, en eso si tiene razón el miserable —pensó—.

De pronto entró un caballero, empapado de la lluvia con un paraguas y un gabán gris, el hombre era bastante atractivo, cabello negro azabache, ojos grises, dientes perfectos.   Se quitó el gabán, su ropa húmeda se pegaba en su cuerpo lo que le dejaba ver un cuerpo interesante.

Ella distraída por su adonis se le había olvidado que ella era la recepcionista, la anfitriona del hotel, él se quedó mirándola y le sonrió, captando la fijación que había causado en la mujer.

— Disculpe señor.

— Tengo una reserva en este hotel, señorita…. .

— Virginia, mi nombre es Virginia.

— Está bien.  La reserva la hice ayer por teléfono.

— Dígame por favor su nombre.

— Sebastían Rodríguez.

— Si señor aquí aparece  ¿hizo reserva en una habitación con cama doble?.

— Así es señorita, pero no se extrañe, me gusta dormir cómodo.

Los dos sonrieron con aíres de complicidad.

— Déjeme llamarle a alguien para que lo ayuden con su equipaje.

— No se preocupe, le agradezco.

El hombre tomó la llave de la habitación y se fue.

Empezó  a volar la imaginación de Virginia, ese hombre solo, desnudo en esa cama grande, que pena sentía, y ella ahí escuchando los grillos de la lluvia.

Sonó de pronto el teléfono de la habitación 306.

— Si, buenas noches.  Respondió el teléfono con una voz dulce y sensual.

— Señor Rodriguez, ¿En qué puedo ayudarlo?.

— Virginia, creo que dejé mi maleta de mano en el piso de la recepción. Dijo él.

Ella salió de su puesto, dio un vistazo a la maleta que en efecto estaba allí.

— Si señor aquí se encuentra, se la haré subir enseguida.

— No señorita, tranquila, guárdela como un tesoro y yo la recogeré en la mañana, me encantaría ver sus hermosos ojos y robarme una sonrisa suya.  Sonrió ella del otro lado, se sonrojó.

— Está bien. Dijo colgando el auricular.

No lo podría creer, estaba feliz pero también era realista, el hombre solo estaba coqueteando con ella, ¡Qué lindo que fuera verdad!, suspiró.

El reloj marcaba las tres de la madrugada, todo estaba tranquilo y ella observaba la maleta, quiso abrirla para curiosear pero se le ocurrió una mejor idea.  Tomó la maleta y se fue a escondidas hasta la habitación, algo le inventaría luego a Teodoro si la pillaba.

Tocó la puerta sin respuesta. Que tonta he sido, dijo, este hombre debe estar bien profundo.

De pronto la puerta se abrió un poco.  Ella le dio un leve empujón para terminar de abrirla y entró con algo de recelo.

— Hola, le dijo estirando sus manos con el equipaje.

Sebastian estaba en toalla, sentado en su cama.

— Ven. dijo.

— Solo le traía el equipaje.

— No, sabes que no, ven, haz que valga la pena el regaño que te dará Teodoro por estar siempre buscando problemas.   Dijo él casi gritándole.

Ella se acercó con deseo y desconfianza.

Él se levantó, la apretó fuerte contra su pecho, acarició su cabello explorando con sus manos el cuerpo de ella, suavemente.   Ella estaba extasiada, él le susurró entonces.

— Siempre te he amado Virginia.

Ella se estremeció y lo miró con extrañeza.

— ¿Siempre?

— He visitado este sitio cada año en cinco años solo para verte.

— Lamento no hablarte con el mismo romanticismo.  Yo solo te recuerdo de hoy.  Vine pensando en tener un encuentro fugaz contigo.   Dijo ella, seca y cortante.

Él la miró con los ojos llenos de lágrimas, y la hizo suya, tal como ella quería.

Virginia quedó dormida, sobre la mesita de noche, unos dólares y una nota que decía “Regresaré en Marzo”.

 

 

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MARjorie

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Primer Plano

Eran casi las doce de la noche, Samira estaba muy preocupada porque su compañero de casa aún no llegaba, su teléfono móvil aparecía apagado, aumentando su preocupación.

Se conocía con Saúl hace un año, un joven de dorso hermoso, cabello rojizo desordenado, ojos grises grandes y brillantes y una sonrisa cautivadora. A sus veinte años Saúl estudiaba Literatura, su aspecto espontáneo es contrarío a su caracter introvertido. Samira es cinco años mayor, estudia Artes Plásticas, desde que conoció a Saúl su interés por la Literatura ha aumentado, se lee cada libro que él le recomienda para luego comentarlos y algunas veces discutir, cada uno defiende la posición de algún personaje como si se tratara de personas reales.

Samira le dio un leve vistazo a unos documentos que Saúl había dejado sobre la mesa, encontrándose con un documento que relataba la historia de una chica con un perfil parecido a ella. Ella sonreía mientras leía la historia. El condenado me ha analizado muy bien —pensó—.

Vestía una pijama corta de tirantes color lila que dibujaba su perfecta figura y resaltaba su cabellera negra brillante que le caía hasta el final de su espalda. Se hechó sobre el sofá extendiendo todo su cuerpo, con el documento en mano y casi hipnotizada por el mismo, leía en voz alta algunos pasajes de la historia:

“… Maritza estaba desnuda frente a la enorme ventana de vidrio que miraba hacía la terraza, cubierta ligeramente por una sabana de seda blanca, Dante se acercó delicadamente, besó su hombro y la envolvió entre sus brazos, sintiendo que la desnudez de ella se derretía sobre él, ella cerró sus ojos y su respiración se aceleró, sus cabellos dorados se estremecían con la tenue brisa de la madrugada. Dante contemplaba y vivía aquel momento. Y como arcilla el cuerpo de Maritza entre sus manos, esculpía su senos, su vientre, el calor se hacía intenso entre ambos.

Mientras, en su cabeza permanecía intacta la imágen de Maritza entregandose a otro hombre, justo en su hogar, hace tiempo atrás, el dolor permanecía intacto a pesar del perdón que él le dio a Maritza, justamente porque la amaba —según decía—. Él nunca le había confesado a Maritza sus pensamientos casi enfermizos y recurrentes con aquella escena. Ella creía que aquello se había borrado de la memoria de ambos.

Él escondía un cuchillo debajo del sofá de la sala, y allí permanecería si en algún momento futuro, se presentaba una situación similar. Los pensamientos recurrentes de Maritza con otro hombre atacaban con furia a Dante, mucho más en los momentos de intimidad. Él seguía herido y cada palabra, cada caricia que Maritza le entregaba era un ataque sobre aquella herida.

Maritza se volteó quedando frente a Dante, los ojos de Martiza lo eclipsaron, y él la tomó con fuerza la alzó entre sus piernas y la llevó apasionada y enceguecidamente hacía el sofá, en su pensamiento, una ráfaga de emociones de imágenes intensas de la infidelidad de Maritza. Ella, cruzada entre las piernas de él sobre el sofá, presa de una emoción intensa, él, tocaba con su mano la punta del cuchillo debajo del cojín del sofá. Sería el fin de la perturbación de Dante, o sería el inicio de unos largos y amargos días para él.

Él empuñó la cacha del cuchillo entre su mano… “

Samira se vio sorprendida por Saúl quién en ese momento abrió la puerta, él la vio con el documento entre sus manos, frunció el ceño.

—Estaba preocupada. Le dijo ella.
—Qué haces hurgando entre mis cosas. Le reclamó él, con tono de molestia.

Ella dejó el documento sobre la mesa, y se marchó a su habitación sin decir palabra. Saúl se recostó sobre la puerta de la entrada, y suspiró tristemente por alguna razón lloró en silencio unos minutos, luego, buscó entre el sofá el cuchillo que él mismo había puesto allí, quién sabes desde hace cuanto tiempo había permanecido en ese lugar. Lo miró, su rostro desencajado se reflejaba sobre el metal brillante.

Por:

MARjorie

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Aquel día

Esparciendo a ritmo de sus movimientos, cierto aire de despreocupación y dejadez, caminaba Lucía por la orilla de la playa,  las olas mordisqueaban sus pies, su pelo era alborotado por la brisa.

Imagen tomada de la web

Se acurrucó entre sus brazos, queriendo protegerse por si misma del frío nocturno.   Fue entonces, cuando miró de reojo hacia el cielo,  notó que la noche caería pronto.  Aceleró el paso, hasta llegar a su casa.   Una casa frente al mar, de ensueño.  Vivía allí desde hacía mucho tiempo, sus padres se la dejaron como herencia al morir.

Abrió la puerta, cuidadosa de no hacer ruido, tal vez Eusebio, quién era su esposo,  ya habría regresado del trabajo y dormía.    Caminó  en puntillas por el piso de madera de la sala, llegó a la habitación, abrió la puerta y encontró a Eusebio tirado en la cama, dormía profundo.

Se sentó, en la mecedora que estaba en la habitación, iluminada por la luz de la luna, desde allí vigilaba el sueño de Eusebio.    Recorría con deseo el cuerpo de aquel hombre, tumbado en su lecho, quién era su esposo, pero que últimamente era solo un  amigo, ni bueno ni malo, una compañía.     Se secó una lágrima que asomaba en sus ojos, el va y ven de los recuerdos en su mente, las afloraban.

Recogió su pelo, en una cola, y decidió mover su mirada hacia el paisaje entre escala de grises.

Repentinamente la mano de Eusebio, tocó su mejilla.   Lucía atónita, nerviosa y confundida, se dejó estremecer por el oleaje de nervios que la embargaban.    Eusebio, se arrodilló, la luz tibia de aquella noche, le pintó un brillo único en sus ojos.

Lucía se estremecía, ahora de deseo, ese, que desde hace pocos momentos se había apaciguado por el paisaje en escala de grises.

– Te amo Eusebio.  Le dijo.

Olvidando los días en que Eusebio era solo un amigo de compañía, en su hogar.

Él, no respondió palabra.   Solo le regaló un beso.  La arrancó con fuerza de aquella mecedora, la arrancó con fuerza de su tristeza.

Se convirtió Eusebio, en la brisa que alborotó su pelo, se convirtió entonces, en el mar que mordisqueó sus pies, se convirtió en luz de luna que arropó su cuerpo, se convirtió en el nerviosismo que estremeció su cuerpo.

Por:

MARjorie

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Seis menos cuarto

Seis menos cuarto de la tarde,  la brisa agitaba la ventana.  Emmanuel se levantó de un sobresalto, el libro de Hemingway, que leía antes de quedar dormido, caía por algún lado de la habitación.

Abrió la ventana, la brisa revoloteaba por todos los rincones  danzando con hojas y arena, que se espolvoreaban entre los transeúntes.  Sonrió, mientras observaba.

Imagen tomada de la web

Lucrecia,  su vecina, bailaba un merengue pegajoso,  que sonaba en la taberna de la esquina.  Tarareaba la canción y bailaba, mientras  al parecer esperaba a alguien.     Su vestido de englobaba, ella peleaba con la brisa, mientras bailaba.

La brisa contagiaba de alegría a unos, otros miraban al cielo  presagiando próximas tempestades.

Emmanuel, detallaba cada movimiento de Lucrecia, embelesado.  Mientras ella, subía al auto de su amigo, recogía su cabello rizado, para luego abrazar y besar a su amigo.      Este último arrancó con prisa,  cortando con las latas de su auto, el camino de hojas elaborado por la brisa.

Emmanuel, como la última vez,  se llenó de enojo.         Esta vez, su percepción cambiaba, tal vez se aproximaba una tormenta, como la que él vivía desde hace tiempo con Lucrecia.

Por:  MARjorie

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