Travesia

Emerges y el viento me toca como tu abrazo en la madrugada, te escondes donde desconozco mis profundidades, donde me pierdo cada vez que me hundes en ellas y te empapas de mi, tanto, que somos uno atravesando el tiempo.

Por:

Mar.

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Percepciones

Romperé el arrullo,
De tu voz inquebrantable,
En la ladera de mis sueños.

Caminaré desnuda,
Sobre jardines de diminutas rocas,
Donde derramaste tu olvido.

Sentiré en las hendiduras de mis pies,
Tu ausencia dolorosa, placentera,
Seré como la enredadera,
Me trenzaré en cada pliego tostado en la arena.

Y ahora, todo el campo es desnudo,
Y las rocas diminutas se han hecho mías,
Y la frialdad de tu ausencia, se ha quedado con la vida mía.

MAR

La Cena del Miércoles

Margarita y Jorge cenaban en el restaurante de siempre, un lugar amplio con grandes ventanas de cristal que dejaban al desnudo un paisaje natural con una imponente montaña de fondo.  Margarita permanecía observando el paisaje al ritmo de las tiernas notas del piano,  era Rafael el pianista de turno, un jóven atractivo de barba espesa y cerrada, cabello negro, ojos cafés y delgado.  Esas notas acariciaban el corazón de Margarita, así como tantas veces Rafael había acariciado su cuerpo, ese sonido melancólico y tierno la alcanzaba.

Jorge permanecía saboreando sus Calamares en Salsa de Tomate y Vino Tinto, rodeado con un aura de tranquilidad e ingenuidad.

Ella le había prometido días antes a Rafael, terminar su relación con Jorge, luego de que él regresara de su viaje de trabajo… pero eso no era lo que se veía, se dibujaba una feliz pareja compartiendo una cena romántica, era imposible que el corazón del artista no derramara sobre el piano todo su dolor y su pena.

Margarita no esperaba que Rafael trabajara los miércoles, pero justo ese día le había tocado relevar a Julián -su mejor amigo-.  Ella no sabía como decirle a él, que esa noche cumpliría su promesa, se sentía amarrada con una pesada cadena.

Tal vez el universo se había confabulado para que todos los actores estuvieran allí, en una función improvisada.

Jorge tomó su mano y preguntó:

-¿Qué te pasa amor?, no has tocado tu plato.  Ella sonrió y pidió permiso para ir al baño.

Allí lloró desesperada, lavó su rostro y se miró al espejo preguntándose:

-¿Qué has hecho Margarita?.   Afuera estaban dos hombres, uno engañado y el otro sufriendo… todos, incluida ella, eran víctimas de un cruel juego que se le salía de las manos.  Depronto la música del piano cesó.  Ella tomó un servilleta para secar su rostro, mientras Rafael entraba y ponía seguro a la puerta.

Allí estaba él, con su traje elegante, su peinado perfecto y sus ojos húmedos.  No pudo contenerse, se acercó a ella y la alzó al mesón del tocador, allí se dieron un beso con frenesí… ella hundía sus labios con amor, su corazón latía más fuerte y su piel ardía… hicieron el amor en un momento corto pero intenso e inmenso.   Con un sabor que jamás olvidarían.  Ella se aferraba fuertemente a él, mientras se hacían uno.

Rafael arreglaba su vestido, pasó sus manos sobre su cabello, mientras ella, al lado secaba su rostro y retocaba su maquillaje.  Los dos frente al espejo, soltando sus culpas, no se dijeron palabras … las escribieron en sus cuerpos.

Margarita regresó a la mesa, con un semblante más amable, Jorge la miró con extrañeza y le dio un beso tierno en sus recién maquillados labios.  Sonaba nuevamente la música de fondo, unas notas más optimistas y enamoradas.

 

Por:

MARjorie.

Silencio

Antonio dormía, Miranda recostada a un costado de la ventana lo miraba, ya llevaba algún tiempo en la habitación, entró con cuidado para no interrumpir su sueño y además porque era la única forma de verlo sin que propiciaran alguna discusión.  Amanecía y la luz coloreaba la habitación.  Sutil, suave la luz se mezclaba con las sombras que se escurrían de la noche, esa luz acariciaba las partes del cuerpo de Antonio que sobresalían entre las sábanas.  

Se estremecía Miranda al sentir esas caricias, aunque no las hacía directamente podía sentirlas y estremecerse.   Recordaba entonces aquellos tiempos en los que la mañana los sorprendía abrazados, sentía el temor de que él la  sorprendiera observándole, sentía el temor de querer quedarse hasta que él la sorprendiera, eran confusos los sentimientos.   Salió entonces de la habitación y bajó hasta la cocina, se sirvió una taza de café y caminó hasta la terraza, se sentó en el borde de la escalera.  La brisa, los trinos de los pájaros, la humedad de la mañana y el olor con sus múltiples colores la abrazaron, sintió los daños que el orgullo había causado, cerró sus ojos y respiró profundamente, en silencio se perdonó y sintió la tranquilidad que hace tiempo anhelaba.

Ahora era Antonio quien la observaba, de pie justo a algunos pasos detrás de ella, caminó entonces a su lado y la abrazó con decisión.  Miranda lo abrazó fuertemente, extrañaba su aroma y aquel abrazo cálido que le brindaba seguridad.  Allí permanecieron en compañía del silencio.

Contaminación

En la ladera del Río estaba Raúl con una piedra grisácea y brillante en su mano, la había escogido al azar entre un montón que descansaban sobre la arena.  Miraba él la piedra, mezclando la suavidad de la misma entre sus manos, de pronto un flash de  recuerdos llegaron sin permiso, tomó él entonces aquella mimada gema y la lanzó con fuerza a la deriva sobre el río, a su suerte, aquella piedra era fuerte pero inocente a los sentimientos que llevaron a Raúl actuar de esa forma.  Esta dio varios saltos, parecía correr deprisa sobre la superficie, luego se perdió ante los ojos ardorosos de Raúl.  Su corazón y su cabeza habían sido tocados una vez más por esos recuerdos dolorosos que llegaban repentinamente,  se había convertido para él en una grave enfermedad que cargaba en silencio, que estaba quemando su cuerpo y contaminaba su espíritu.

 

Se arrodilló sobre la arena, cerró sus ojos aún ardiendo y dejó caer sus manos, salieron lágrimas amargas de aquellos ojos, el río sereno, las piedras, la hierba, la arena y el viento, observaban como aquellas gotas internas enjugaban su alma, estas caían sobre la arena, penetraban y herían la superficie tal cual estaban haciendo en la humanidad de Raúl. Lloró hasta que su alma se refrescó, sus ojos húmedos ahora desprendían brillo, él los abrió entre el humedal de sus cuencas,  con sus manos escarbó la arena, como abrazándola con tanta intensidad como el que abraza a un amigo , reconciliándose tal vez por descargar su furia contra ella.   Su respiración ahora se hacía pausada y tranquila.

 

Se sentó él entonces sobre aquella arena y observó el río, quien le mostraba chispas brillantes que se hacían en complicidad con el sol, él sonrió, sus ojos ya veían la profundidad de ese río,  los granos de arena individualizados, la fragilidad de las rocas, la magia de los rayos del sol.  Raúl había descontaminado su cuerpo, había ido al encuentro de él mismo cuando pensó estar solo en la ladera del río.

 

Por:

MARjorie

 

 

A través de los cristales

Sus ojos se veían vacíos a través de la ventana del automóvil, era un agosto de fuertes lluvias en la frías y solitarias calles de la ciudad, no se veían un alma, solo una mujer que salía de su automóvil, ella de nombre Racquel y él Amador.

Racquel acababa de despedir a su amor platónico de muchos años, él se iba de viaje a otro país.  Racquel sintió que era un regalo del cielo que él se fuera para que la amistad se decantara del tormentoso amor que la aprisionaba en silencio, un regalo que tomaba con nostalgia pero con felicidad hacía él.

Ese día salió de su auto corriendo hacia una oficina para recoger unos documentos, por unos minutos se cobijó en la entrada del edificio y de allí observaba la tranquilidad de esos ojos que la tenían cautivada, Amador muy seguramente sufría alguna pena, pero algo en sus ojos le transmitían tranquilidad. 

!Quién lo creyera!, Amador que pensaba que no existía un alma en aquella fría calle y allí estaba Racquel.  La secretaria del edificio la atendió con amabilidad y le entregó los documentos que minutos antes le habían dejado en la recepción, ella los metió en su bolso, abrió su paraguas y se metió en su auto.

Amador alzó la mirada y se encontró con la de Racquel, entre los cristales los ojos hablaban, él sonrió casi de inmediato y ella se sonrojó… fueron momentos únicos de dos almas que estaban poseídas por la nostalgía, aquella lluvia lavó los parajes, las hojas de los árboles temblaban, lavó los corazones de Racquel y Amador, él bajó de su auto con la lluvia que mordisqueaba su cuerpo, cruzó la calle y tocó el cristal del auto de Racquel.

Ella bajó la ventanilla y él preguntó:

– Hola, Soy Amador ¿te quieres tomar un café conmigo?.

Ella le dijo si, emocionada, como si lo hubiera conocido de años o el destino como mar de olas serenas se lo hubiera traído.

Ella dijo si, ella sonrió y salió del auto.

En medio de la lluvia cruzaron la calle para entrar al café del Boulevard, mientras sonreían y conversaban.

 

Por:

 

MARjorie Sánchez

El Ángel de Juliana

Eran las cuatro de la tarde, Juliana Esparta miraba el reloj, peleaba con su cabello y lo recogía a un lado sosteniéndolo con su cuello, lo acomodaba y lo acomodaba pero la brisa lo hacía rebelde y lo ponía nuevamente sobre su rostro.   Juliana caía en el desespero y el cabello era solo un pretexto de ella para enojarse con el universo, la razón real de su enojo era Esteban, el hombre que se había convertido en un ángel en su vida, un ángel caído del cielo en los últimos meses.

Cuando se conocieron Juliana atendía las mesas de un restaurante de la ciudad, estudiaba por las noches en un centro de educación intermedia, quería graduarse como Administradora Técnica y hacer algún negocio que le fuera rentable para vivir, viajar era su sueño más oculto.

Desde el primer día que la vio Esteban se estremeció, sintió una conexión, algo que le decía que algo ocurriría entre ambos, él se jactaba de predecir el futuro, tenía el dicho de “donde pongo el ojo, pongo la bala”, cuando se refería a mujeres, y había puesto el ojo en Juliana Esparta.  Ese medio día tomó un almuerzo corriente, mientras miraba sin reparo el cabello enroscado y largo de Juliana, su cintura, sus piernas torneadas y firmes, y su nalgas bien formadas y redondas que sobresalían de su falda, suspiró y se limitó a pedir el almuerzo.  Al terminar se las dio de hombre serio a fin de no ahuyentar e irse por los lados para conocer a Juliana, le dio una tarjeta de su agencia de viajes, dándole la explicación de que la atención le había parecido fascinante y deseaba contar con ella como parte de su nómina de empleados sin que ella se sintiera presionada.

– Excelente la atención en este sitio, me has parecido una joven especial, te veo como la recepcionista o tal vez en otro cargo dentro de mi empresa.  Disculpeme señorita… ¿cómo es  su nombre?.

– Juliana, señor.

– Juliana, tome mi tarjeta y no dude en llamarme si algún día decide dejar de trabajar en este lugar.

Juliana con la tarjeta en la mano, veía como ese hombre tal vez de unos cuarenta años, cabello negro, piel morena, se montaba en un lujoso auto.  ¿Qué hacía un señor al parecer tan importante, en un sitio tan sencillo como este?, se preguntó.

Toda la noche se dio vueltas en su cama, abrazó la confidente almohada varias veces buscando una respuesta, llamaría al señor Esteban al amanecer esta sería la oportunidad de darle un viro a su vida.

A la mañana siguiente, esperando que fueran por lo menos las ocho de la mañana, llamó a  Esteban.

– Señor Esteban, es Juliana, nos conocimos ayer en el restaurante.

Esteban se sorprendió pero al mismo tiempo se alegró de la llamada, la esperaba con ansias, tampoco había podido dormir deseando a Juliana entre sus brazos.

– Si… a ver,claro, Juliana, la chica del restaurante !, ahora te recuerdo.  Cuéntame, que has pensado mujer.

– Tomaré el puesto de trabajo en su empresa, ¿me dice que es una agencia de viajes?, bueno así dice su tarjeta.

– Si claro, te espero al medio día en la dirección que está allí en la tarjeta.

Juliana se puso su mejor vestido, digno de una recepcionista sería e inteligente, llegó con una falda ajustada a la rodilla, una camisa de seda roja ajustada al cuerpo, su cabello enroscado brillante al aire, tan casual, tan hermosa.   Si Estaban en el restaurante había quedado fascinado con Juliana, cuando la vio al medio día no pudo disimular el nerviosismo que esta le causaba, tanto, que se sorprendió de si mismo.

Ella sentada frente a él, él solo la miraba tratando de enhebrar alguna pregunta para hacerle a Juliana.

– ¿Quieres ser mi asistente personal?.

– Ella dijo, si, pero…. realmente usted parece un hombre de negocios importantes y yo aún no termino mis estudios técnicos.

– Eso es lo de menos, quiero que estés siempre conmigo, es decir, atendiendo mis asuntos, no se me da muy bien eso del orden.

Juliana asintió las ordenes de Esteban y en poco tiempo, ya estaba trabajando a su lado en la compañía, cada día la joven enamoraba más, al mejor conocido hábil casanova Esteban Jaramillo.

Él la cortejaba cada día de una forma muy sutil ganándose su confianza y aprecio.

Con el paso del tiempo, la confianza se hizo fuerte, entonces, él al invitó a quedarse en la noche para conversar temas de un negocio, ella aceptó sin titubear.

Ese tarde se quedaron a solas en la oficina de Esteban, él le habló de negocios, como el que atiende una obra de teatro, detrás del telón había otra escenografía, aparecería otra historia, los personajes cambiarían a otros papeles.

Juliana sin duda aceptó algunos tragos que le ofreció Esteban, este aprovechó un poco tomado también, la condición de Juliana y le declaró todo su deseo, ella le correspondió sin mediar palabra, tal vez lo quería y lo quería desde hace tiempo…..  La tumbó él entonces sobre el tapizado de la oficina y allí rasgó sus vestido y agarró con firmeza aquellas piernas torneadas que lo traían loco, hasta alcanzar el inicio de sus nalgas, las apretó con sus manos grandes y fuertes, quitó su ropa con deseo y con amor, él la deseaba pero también la quería, la quería para él, para él y con él por siempre, tanto para hacerla su esposa, esa noche Esteban Jaramillo y Juliana Esparta consumaron cada uno sus deseos, ella no estaba tan sobria pero tampoco tan ajena de la realidad y disfrutó cada una de las caricias y embestidas de Esteban.

La madrugada entró, Esteban vestido de espaldas a ella, frente al grande ventanal de vidrio que ocupaba su oficina, miraba la madrugada caer, ella recostada sobre el sofá de la oficina aún a medio vestir.

– Cásate conmigo mujer. dijo Esteban.  Te amo, te amo desde el primer día que te cruzaste en mi camino.

Juliana lloraba en silencio, a contra luz en la oficina, sus lágrimas rodaban y caían en silencio, no hacían ruido eran cómplices de Juliana y no llegaban a los oídos de Esteban.

Ella lo quería, así lo había sentido mientras hacían el amor, pero no tanto para aceptar casarse, él tenía todo más claro que ella.

Ella no dio respuesta inmediata, pero con un beso tierno y suave, como el que nunca había conocido Esteban, ella se despidió esa mañana y regresó a su casa, prometiendo a él que le daría una respuesta y haciéndole prometer a él, que no la llamaría  mientras ella lo pensaba, todo había pasado tan rápido para ella.

Él, un hombre de palabra, la cumplió aún en contra de su propio sentir.

Juliana Esparta no llamó a Esteban, con los ahorros que llevaba reunidos se cambió de ciudad, nadie volvió a tener noticias de ella, Esteban amargado lloraba en silencio, la ausencia de Juliana, su olvido y su desamor, juró más nunca enamorarse, lo juró y así lo cumpliría como cumplió no llamarla en la última noche que la vio.

Pasaron varios meses, varios meses cada quien llevó un amargo y pesado dolor en su vida, Juliana pensó y sintió que sería apropiado llamar a Esteban, a pesar de tanto tiempo necesitaba él una respuesta y ella tenía deseo de verlo.

– Esteban, soy Juliana.

Del otro lado un silencio, Esteban sintió un aire en su vida y en su corazón.

– ¿Cómo estas July?, te cumplí mujer.

– Lo sé Esteban, lo se mi amor, quiero verte, te envié por mensaje mi dirección, necesito verte.

Ese día Juliana se encontraría con Esteban, él como siempre decidido iría al encuentro con ella a las cuatro de la tarde, esas que se hacían eternas para Juliana.

Piensa, Piensa

Antes de irse a dormir Amanda miró el reloj y se dio cuenta que había pasado la media noche, ya hacía varias semanas le pasaba lo mismo no podía dormirse más temprano como siempre estaba acostumbrada a hacerlo, no sabía por qué la razón de su desvelo, solo dormía cuando a su cuerpo le daba la gana de hacerlo.

En sus sueños estaba Horacio, un hombre que le doblaba la edad pero que a ella le fascinaba, era su profesor de danza, un adonis de ojos verdes y cabello castaño, aparentaba menos edad, cada vez que hacían alguna práctica y él la acercaba hacia su cuerpo ella se estremecía, tal vez él sentía ese estremecimiento porque penetraba sus ojos con la fiereza de querer poseerla en ese instante.   

Amanda abrazaba a su almohada sintiendo que abrazaba el cuerpo de Horacio en un baile estrecho y nocturno donde solo participaban ellos, el deseo y el amor. 

Amaneció con la boca húmeda, se despertó justo cuando Horacio le daba un beso profundo, entonces se dio cuenta que había regresado a la realidad y se sintió frustrada, debía sacar a ese hombre de su mente o debía buscar un acercamiento pronto con él haciendo que esos sueños o esos deseos aterrizaran a una realidad que le excitaba.

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Luego de una extenuante jornada académica, Amanda se despidió de los chicos de la universidad y se dirigió a su clase de danza como de costumbre, tenía en mente abrirle a Horacio su corazón sin importar cual fuera la respuesta de aquel hombre.

Llegó antes de la hora acostumbrada, alli estaba él con su cabello alborotado, vestido de negro, sentado en la mitad de la pista, le sonrió cuando la vio entrar haciendo un gesto de extrañeza con su mirada ya que no era costumbre que ella llegara temprano. 

Amanda se dirigió al baño y se puso su ropa de entrenamiento, una ropa de licra que le dejaba ver su hermosa figura, amarró su cabellera negra en una sola cola y salió a la pista, alli estaba él de espalda cerca al equipo de audio buscando alguna música adecuada para la clase, ella le acarició la mano que estaba sobre el botón de volumen y lo subió, él se quedó fijo en su mirada con la boca entreabierta, ella se le acercó y le cerró la boca con un suave beso, él no puso resistencia, solo la abrazó y acarició su cuerpo al ritmo de la canción Think de Aretha Franklin, ella se sintió segura y valiente para enfrentarse tal vez al rechazo de Horacio, pero no sucedió, él le correspondió feroz, desesperado por aquello que le brindaba Amanda, él quedó seducido, la cargó entre sus brazos y la llevó hacia el vestier de mujeres, allí la recostó sobre la pared y la hizo suya tal como ella lo quería, tal como los dos lo querían.   Ella quedó exhausta, él miró su reloj y miró los ojos de Amanda,  le dió un beso profundo como el del sueño y se volvió a hundir en ella hasta que sació todas sus ganas.   Sudoroso, se puso su ropa de entrenamiento y regresó a la sala, salió a la calle sin decir palabra a Amanda y se fumó un cigarillo, pronto fueron llegando los alumnos a la clase, él estaba listo para una nueva jornada, Amanda también lo estaba.

Desde ese día pudo conciliar su sueño tranquilamente, sus clases terminaron, y ella aún sonríe cuando escucha “Think” de Aretha Franklin.

Por:

MARjorie.