El Ángel de Juliana

Eran las cuatro de la tarde, Juliana Esparta miraba el reloj, peleaba con su cabello y lo recogía a un lado sosteniéndolo con su cuello, lo acomodaba y lo acomodaba pero la brisa lo hacía rebelde y lo ponía nuevamente sobre su rostro.   Juliana caía en el desespero y el cabello era solo un pretexto de ella para enojarse con el universo, la razón real de su enojo era Esteban, el hombre que se había convertido en un ángel en su vida, un ángel caído del cielo en los últimos meses.

Cuando se conocieron Juliana atendía las mesas de un restaurante de la ciudad, estudiaba por las noches en un centro de educación intermedia, quería graduarse como Administradora Técnica y hacer algún negocio que le fuera rentable para vivir, viajar era su sueño más oculto.

Desde el primer día que la vio Esteban se estremeció, sintió una conexión, algo que le decía que algo ocurriría entre ambos, él se jactaba de predecir el futuro, tenía el dicho de “donde pongo el ojo, pongo la bala”, cuando se refería a mujeres, y había puesto el ojo en Juliana Esparta.  Ese medio día tomó un almuerzo corriente, mientras miraba sin reparo el cabello enroscado y largo de Juliana, su cintura, sus piernas torneadas y firmes, y su nalgas bien formadas y redondas que sobresalían de su falda, suspiró y se limitó a pedir el almuerzo.  Al terminar se las dio de hombre serio a fin de no ahuyentar e irse por los lados para conocer a Juliana, le dio una tarjeta de su agencia de viajes, dándole la explicación de que la atención le había parecido fascinante y deseaba contar con ella como parte de su nómina de empleados sin que ella se sintiera presionada.

– Excelente la atención en este sitio, me has parecido una joven especial, te veo como la recepcionista o tal vez en otro cargo dentro de mi empresa.  Disculpeme señorita… ¿cómo es  su nombre?.

– Juliana, señor.

– Juliana, tome mi tarjeta y no dude en llamarme si algún día decide dejar de trabajar en este lugar.

Juliana con la tarjeta en la mano, veía como ese hombre tal vez de unos cuarenta años, cabello negro, piel morena, se montaba en un lujoso auto.  ¿Qué hacía un señor al parecer tan importante, en un sitio tan sencillo como este?, se preguntó.

Toda la noche se dio vueltas en su cama, abrazó la confidente almohada varias veces buscando una respuesta, llamaría al señor Esteban al amanecer esta sería la oportunidad de darle un viro a su vida.

A la mañana siguiente, esperando que fueran por lo menos las ocho de la mañana, llamó a  Esteban.

– Señor Esteban, es Juliana, nos conocimos ayer en el restaurante.

Esteban se sorprendió pero al mismo tiempo se alegró de la llamada, la esperaba con ansias, tampoco había podido dormir deseando a Juliana entre sus brazos.

– Si… a ver,claro, Juliana, la chica del restaurante !, ahora te recuerdo.  Cuéntame, que has pensado mujer.

– Tomaré el puesto de trabajo en su empresa, ¿me dice que es una agencia de viajes?, bueno así dice su tarjeta.

– Si claro, te espero al medio día en la dirección que está allí en la tarjeta.

Juliana se puso su mejor vestido, digno de una recepcionista sería e inteligente, llegó con una falda ajustada a la rodilla, una camisa de seda roja ajustada al cuerpo, su cabello enroscado brillante al aire, tan casual, tan hermosa.   Si Estaban en el restaurante había quedado fascinado con Juliana, cuando la vio al medio día no pudo disimular el nerviosismo que esta le causaba, tanto, que se sorprendió de si mismo.

Ella sentada frente a él, él solo la miraba tratando de enhebrar alguna pregunta para hacerle a Juliana.

– ¿Quieres ser mi asistente personal?.

– Ella dijo, si, pero…. realmente usted parece un hombre de negocios importantes y yo aún no termino mis estudios técnicos.

– Eso es lo de menos, quiero que estés siempre conmigo, es decir, atendiendo mis asuntos, no se me da muy bien eso del orden.

Juliana asintió las ordenes de Esteban y en poco tiempo, ya estaba trabajando a su lado en la compañía, cada día la joven enamoraba más, al mejor conocido hábil casanova Esteban Jaramillo.

Él la cortejaba cada día de una forma muy sutil ganándose su confianza y aprecio.

Con el paso del tiempo, la confianza se hizo fuerte, entonces, él al invitó a quedarse en la noche para conversar temas de un negocio, ella aceptó sin titubear.

Ese tarde se quedaron a solas en la oficina de Esteban, él le habló de negocios, como el que atiende una obra de teatro, detrás del telón había otra escenografía, aparecería otra historia, los personajes cambiarían a otros papeles.

Juliana sin duda aceptó algunos tragos que le ofreció Esteban, este aprovechó un poco tomado también, la condición de Juliana y le declaró todo su deseo, ella le correspondió sin mediar palabra, tal vez lo quería y lo quería desde hace tiempo…..  La tumbó él entonces sobre el tapizado de la oficina y allí rasgó sus vestido y agarró con firmeza aquellas piernas torneadas que lo traían loco, hasta alcanzar el inicio de sus nalgas, las apretó con sus manos grandes y fuertes, quitó su ropa con deseo y con amor, él la deseaba pero también la quería, la quería para él, para él y con él por siempre, tanto para hacerla su esposa, esa noche Esteban Jaramillo y Juliana Esparta consumaron cada uno sus deseos, ella no estaba tan sobria pero tampoco tan ajena de la realidad y disfrutó cada una de las caricias y embestidas de Esteban.

La madrugada entró, Esteban vestido de espaldas a ella, frente al grande ventanal de vidrio que ocupaba su oficina, miraba la madrugada caer, ella recostada sobre el sofá de la oficina aún a medio vestir.

– Cásate conmigo mujer. dijo Esteban.  Te amo, te amo desde el primer día que te cruzaste en mi camino.

Juliana lloraba en silencio, a contra luz en la oficina, sus lágrimas rodaban y caían en silencio, no hacían ruido eran cómplices de Juliana y no llegaban a los oídos de Esteban.

Ella lo quería, así lo había sentido mientras hacían el amor, pero no tanto para aceptar casarse, él tenía todo más claro que ella.

Ella no dio respuesta inmediata, pero con un beso tierno y suave, como el que nunca había conocido Esteban, ella se despidió esa mañana y regresó a su casa, prometiendo a él que le daría una respuesta y haciéndole prometer a él, que no la llamaría  mientras ella lo pensaba, todo había pasado tan rápido para ella.

Él, un hombre de palabra, la cumplió aún en contra de su propio sentir.

Juliana Esparta no llamó a Esteban, con los ahorros que llevaba reunidos se cambió de ciudad, nadie volvió a tener noticias de ella, Esteban amargado lloraba en silencio, la ausencia de Juliana, su olvido y su desamor, juró más nunca enamorarse, lo juró y así lo cumpliría como cumplió no llamarla en la última noche que la vio.

Pasaron varios meses, varios meses cada quien llevó un amargo y pesado dolor en su vida, Juliana pensó y sintió que sería apropiado llamar a Esteban, a pesar de tanto tiempo necesitaba él una respuesta y ella tenía deseo de verlo.

– Esteban, soy Juliana.

Del otro lado un silencio, Esteban sintió un aire en su vida y en su corazón.

– ¿Cómo estas July?, te cumplí mujer.

– Lo sé Esteban, lo se mi amor, quiero verte, te envié por mensaje mi dirección, necesito verte.

Ese día Juliana se encontraría con Esteban, él como siempre decidido iría al encuentro con ella a las cuatro de la tarde, esas que se hacían eternas para Juliana.

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